LOS DESAFÍOS DE LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA EN LOS ESTADOS LATINOAMERICANOS.
José
Gpe. Vargas Hernández
RESUMEN (ABSTRACT).
En este trabajo se pretende demostrar que
los cambios efectuados en los países Latinoamericanos han modificado las
instituciones legitimadas débilmente por pequeños logros macroeconómicos, un
reducido crecimiento económico y a costa de una gobernabilidad democrática
sumamente frágil y de inestabilidad institucional. Sin embargo, los altos
costos de la consolidación del nuevo modelo de Estado Neoliberal implantado, no
han derivado en políticas económicas y sociales que fortalezcan los resultados
en términos de eficiencia, equidad y libertad. La liberalización económica en
los Estados de Latinoamérica ha generado inestabilidad institucional en la
construcción de la estructura del Estado la cual limita los alcances de la
democracia y de la legalidad, y por lo tanto, los efectos negativos de la
Reforma del Estado con orientación gerencial en su administración pública.
1. INTRODUCCIÓN.
El sueño Bolivariano de formar una gran
nación donde todos los iberoamericanos fueran iguales, fue la primera gran
utopía latinoamericana. La ola democratizadora llegó a Latinoamérica cargada de
esperanzas para hacer realidad parte de este sueño, pero desgraciadamente, en
medio de grandes crisis económicas que han profundizado las desigualdades e iniquidades
del desarrollo de los pueblos latinoamericanos.
En las últimas dos décadas, Latinoamérica
está pasando por un período de transición múltiple que afecta no solamente a
las instituciones económicas, sino también a las instituciones políticas,
sociales y culturales, las cuales están internalizando los costos sociales y de
beneficencia en términos económicos y de los valores que representan. Décadas
de influencia externa en formas muy diferentes han destruido y debilitado los
mecanismos de las instituciones tradicionales del modelo de Estado intervencionista, al mismo tiempo que
están creando islas de instituciones modernas que resultan ser ineficientes y
distanciadas del carácter de la sociedad en su conjunto.
El Estado latinoamericano fue un Estado
benefactor, un tipo de Estado protector e interventor diseñado para dar
respuesta a los requerimientos cambiantes del entorno capitalista
internacional. El poder de los intereses capitalistas hegemónicos externos
domina e influencian las estrategias y políticas de desarrollo de los Estados
latinoamericanos. Estas se delimitan en un modelo de industrialización
sustitutiva de importaciones financiado por inversiones privadas y
endeudamiento público, con lo que el Estado asume el papel supletorio del
sector público. El modelo de Estado de los países latinoamericanos se
fundamenta en un populismo político, en un mercantilismo económico y en una
sociedad dualizada. Para finales de la década de los sesenta, este modelo de
Estado evidencia su agotamiento y entra en crisis, evidenciando sus
debilidades: la excesiva burocratización, corrupción e ineficiencia del aparato
administrativo que ejerce un presupuesto deficitario e inestabilidad
macroeconómica. La inserción subordinada del Estado Latinoamericano en los
procesos de globalización emergentes incide en brutales endeudamientos
externos.
Latinoamérica se subordinó
conscientemente a la política del Consenso de Washington, a los procesos de
integración económica y apertura de mercados con la presión de la deuda
externa. El Consenso de Washington prescribe bajo la ideología del
neoliberalismo, la liberalización comercial y financiera, la privatización de
las empresas estatales, presupuestos balanceados, tasas de cambios fijas, etc.
como base para el crecimiento económico. El modelo neoliberal del Estado lo
constriñe a una nueva función para
facilitar la competitividad de las economías nacionales en los procesos de
globalización económica. En este sentido, se puede afirmar que los procesos de
integración de los países latinoamericanos, más que ser entre ellos mismos, es
más intenso con el sistema económico y financiero de los Estados Unidos de
América del Norte y por supuesto no en los mejores términos.
Los esfuerzos de liberalización comercial
en Latinoamérica han tenido un impacto positivo en las importaciones de los
países miembros de los bloques comerciales y las propensiones crecientes para
exportar se acompañan de las correspondientes propensiones crecientes para
importar, sugiriendo que la liberalización comercial tiene un efecto fuerte. El
modelo latinoamericano de integración económica puede decirse que es un modelo de nacionalismo latinoamericano
que quiere seguir líneas ideológicas diferentes al neoliberalismo y a la
globalización y que sin embargo, para atenuar los efectos de las crisis
financieras hace factible poner en práctica mecanismos reguladores que
controlen los flujos especulativos de los capitales foráneos.
Entre otros efectos perniciosos de la
emergencia de los regímenes de las políticas neoliberales, éstas han
constreñido las actividades de los sindicatos, reducido el gasto del bienestar
y generado una inseguridad laboral mediante formas más flexibles, pero también
más inseguras de trabajo y
remuneración. Con los procesos de globalización, la enorme reserva de mano de
obra no calificada considerada anteriormente como un activo, se está
convirtiendo en un pasivo por la falta de oportunidades de acceso al
conocimiento tecnológico. Los beneficiados con el acceso a los avances
tecnológicos sobrevivirán, mientras que los excluidos de estos beneficios
profundizarán su miseria. La gran mayoría de los latinoamericanos que
simplemente han sido insertados en los procesos de globalización del consumo,
por ejemplo, están manifestando su inconformidad por haber sido excluidos de
los beneficios del desarrollo, en aras de la maximización de las ganancias del
capital. Los estragos en la cohesión social y en los niveles de vida han sido
en muchos de los casos inmanejables.
Los procesos de globalización económica
ha convertido en prescindibles a los cada vez más pobres y miserables que
constituyen la inmensa mayoría de los seres humanos, mientras que ha convertido
en más ricos a unos pocos. Baste señalar a manera de ejemplo que en los últimos
cuatro años, el mercado de valores de Estados Unidos redituó ocho billones de
dólares al mismo tiempo que millones de pobres murieron de hambre y
enfermedades. Las reformas económicas a
favor del mercado introducidas en Latinoamérica y el Caribe en las dos décadas
últimas han incrementado los niveles de desigualdad económica y social,
concentrado el ingreso que actualmente muestra la mayor brecha en todas las
regiones en desarrollo del mundo, mientras que el 20% de la población concentra el 52.9% del ingreso, el 20% más pobre solo
tiene el 4.5% del ingreso.
El diseño institucional de esta
transición ha sido elaborado por las elites locales, con el fin de hacer
modificaciones a los regímenes políticos
(formas de gobierno) y los procesos de la gobernabilidad (grados de gobierno).
Las formas de la gobernabilidad democrática para apuntalar la legitimidad de
los gobiernos y para reforzar el nuevo modelo de desarrollo es la principal
preocupación de gobernantes e intelectuales. Camou (1998) denomina a las formas
de gobierno y a los grados de gobierno como los "paradigmas de la
gobernabilidad". Señala a estas dos décadas en Latinoamérica como un
periodo de "confluencia problemática y multifacética de varias
transiciones", entre las cuales identifica la transición social y
cultural, la transición económica y la transición política. La transición
socio-cultural ha resultado de las transformaciones de un modelo de
"modernización desarrollista" a otro de una "modernización
globalizadora".
Sin embargo, hay mucha incertidumbre en
los procesos de transición por la carencia de instituciones capaces de asimilar
los efectos de los cambios y para propiciar la estabilidad económica, social y
política. Incluso, los organismos internacionales como el Banco Interamericano
de Desarrollo reconocen que los factores exógenos en algunos casos obligaron a
las naciones latinoamericanas a tomar medidas severas. Los procesos de
transición económica han pasado por los periodos de aplicación de políticas
económicas de "estabilización económica", "reforma
estructural" y "reestructuración económica". La transición
política se ha identificado por los procesos de "liberalización política",
de "transición a la democracia" o democratización, y de
"consolidación democrática".
El presidencialismo se encuentra
enraizado en las constituciones políticas de los países latinoamericanos como
una adaptación cultural propia del sistema presidencial estadounidense. En el
presidencialismo, el poder ejecutivo asume facultades meta- constitucionales y
el poder de gobernar por decreto. El presidencialismo es la forma
constitucional de régimen democrático dominante en América Latina por sobre el
sistema parlamentario, con características de un sistema de partidos que varían
dependiendo de las circunstancias de cada país. Argentina, Uruguay y Venezuela
se mueven hacia un número mayor de partidos. Chile cuenta con muchos partidos
competitivos, mientras que Colombia y Costa Rica con sólo dos partidos fuertes.
México fue la expresión de un partido dominante que se mantuvo en el poder por
71 años, gracias a un fuerte presidencialismo, hasta que finalmente en el 2000,
un partido opositor lo desplazó. La cuestión permanece ahora, si continúa el
presidencialismo.
Elecciones independientes para los
poderes ejecutivo y legislativo crean problemas de coordinación para la
formulación e implementación de las políticas públicas, por lo que un
presidencialismo autoritario centró las relaciones políticas y sociales
concentrando todo el poder económico y político en torno a él. En Latinoamérica
es raro que existan gobiernos divididos, como el caso reciente de México, en
donde el Presidente confronta la legislatura. El caso de Chile es buen ejemplo,
en donde el Presidente tiene la potestad de proponer el presupuesto, mientras
que el Congreso no tiene facultades para modificar impuestos y gastos. Cuando
los intereses políticos divergen y el partido del presidente no mantiene
mayoría legislativa, se crean problemas de gobernabilidad.
La mayor parte de las sociedades
nacionales latinoamericanas fueron gobernadas por dictaduras militares o cívico
militares. Los regímenes autoritarios carecen de visión y los logros obtenidos
en materia de crecimiento económico y desarrollo social es muy cuestionable. Cuando los presidentes
pierden efectividad, el presidencialismo ha prolongado sus crisis como en el
caso de Brasil, México y Perú, mientras que en Argentina y Bolivia han
renunciado en situaciones similares. Las crisis económicas debilitaron la
acción de los partidos políticos y de los sindicatos.
El patrimonialismo se manifiesta en la
consideración que confunde la propiedad de los bienes privados y los bienes
públicos y los agrupa en sólo patrimonio de quienes detentan el poder político
burocrático en los Estados de Latinoamérica. El patrimonialismo se manifiesta
de diversas formas: empleismo, favoritismo, nepotismo, etc., es coronelismo en
Brasil y caudillismo en México, etc.
La
crisis económica y financiera de los años ochenta profundizó los problemas
distributivos y retrasó la provisión de bienes y servicios públicos en la mayor
parte de los países latinoamericanos.
La restructuración de la deuda soberana
durante la crisis mexicana de 1994-95
ha sido ampliamente estudiada para comprender la forma en que los
mercados financieros, el gobierno y las instituciones multilaterales responden
a las cuestiones de gobernabilidad. La crisis mexicana dejó como enseñanza la
problemática de sostener tasas de cambio fijas en un entorno de movilidad del
capital internacional. México no se
recobró porque su sistema financiero débil se haya fortalecido con la intervención
del Fondo Monetario Internacional (FMI), sino porque se benefició con el
incremento de exportaciones a Estados Unidos como resultado del Tratado de
Libre Comercio de América del Norte y el crecimiento acelerado de la economía
vecina.
Comparada con la crisis de la deuda de
los ochenta y con la crisis mexicana de 1994-95, también llamada el “efecto
tequila”, ambas son consideradas tener como raíces los imbalances financieros
del sector público, a diferencia de la crisis posterior (Asia, Rusia,
Sudáfrica, Brasil, etc.) que tiene sus raíces en imbalances financieros del
sector privado y que es la primera crisis financiera realmente considerada como
global que golpea a las economías de los mercados emergentes. La crisis financiera asiática explotó poco
después de que las olas de la crisis del peso mexicano hayan bajado. Por lo
tanto, parece que las crisis financieras ocurren más frecuentemente en los
últimos años en las economías emergentes, como el caso de México y sus efectos
han aumentado la perversidad del capitalismo transnacional.
En
la reciente primera cumbre del grupo de los 77 (G-77), realmente integrado por
133 países con niveles bajos y en vías de desarrollo de América Latina, África y Asia, los dirigentes condenaron la
“corriente neoliberal inhumana”. Así mismo, pidieron la transformación de las
relaciones económicas internacionales para que sean más justas y equitativas
mediante la ampliación de los beneficios de la globalización, las reformas al
sistema financiero internacional a efecto de que esté más orientado a apoyar el
desarrollo y a la reducción de la pesada carga de la deuda externa que en
algunos países consume de gasto público hasta un 40%. Lo que se requiere es una
reducción del servicio de la deuda externa de los países menos desarrollados a
efecto de liberar recursos que pueden ser destinados al gasto social y a la
inversión productiva.
4. REFORMA DEL
ESTADO.
La reforma del Estado en Latinoamérica
tiene como causas las recurrentes crisis fiscales, la globalización de los mercados
y los procesos democráticos. La reforma del Estado se determina bajo una
orientación de liberalización económico-financiera del mercado, bajo un modelo
de Estado mínimo que restringe su papel y limita sus funciones en dichas áreas.
Se realiza sin que se tenga una visión clara del papel que debe desempeñar el
Estado y de las actividades que deben realizar las entidades públicas de tal
forma que determinen su lugar en la reorientación del sector público.
La reforma del Estado en Latinoamérica abarca
tres períodos: el de ajustes de la balanza de pagos y macroeconómico, la
reestructuración de los incentivos y los precios relativos.; el segundo período
involucra la privatización y la contratación de un gran número de actividades
del Estado que se consideran particularmente comerciables en un mercado y, el
tercer período que comprende los ajuste institucionales a largo plazo necesario
para consolidar y mantener las reformas anteriores. Esta última reforma implica
dos acercamientos. En primer lugar hay un consenso de que el gobierno debería
involucrarse solamente en aquéllas áreas donde el sector privado no tiene una
ventaja comparativa y en segundo término, que la expansión selectiva o el
fortalecimiento de las actividades gubernamentales se requiere para compensar
la baja provisión de bienes públicos, incluyendo los servicios básicos (Rowart,
1999).
La crisis financiera de los Estados
latinoamericanos durante la década de los ochenta y los noventa caracterizada
por déficits presupuestales, políticas monetarias flexibles e índices
inflacionarios galopantes dio cabida a las intervenciones del Fondo Monetario
Internacional. El FMI acudió al rescate
imponiendo sus políticas de presupuestos balanceados tendientes a sanear y
estabilizar las finanzas públicas de los Estados Latinoamericanos, mediante la
austeridad fiscal, control de la inflación, una rígida política monetaria y
fiscal, reducción del tamaño del gobierno a través de adelgazamiento y
reingeniería de procesos, privatización de empresas propiedad del Estado
(EPEs), desregulación de la actividad
económica, como condición para prestar ayuda.
Estas políticas conocidas también como de
ajuste estructural impuestas por el “Consenso de Washington” han dado
beneficios en el ámbito macroeconómico, pero también han dado origen a una
ingobernabilidad de las instituciones económicas que han propiciado una
inestabilidad financiera de los mercados, profundización en los niveles de
pobreza, mayor desigualdad y exclusión social, baja calidad de vida, deterioro
y precariedad de las condiciones de vida, e incremento en los niveles de
violencia social e institucional. El costo social de la aplicación de estas
políticas de ajuste estructural es alto en términos de reducción del gasto
público en materia de educación, salud, vivienda, etc. Programas como el Fondo
Social de Emergencia en Bolivia y el Programa Nacional de Solidaridad
(Pronasol) en México se diseñaron no sólo para combatir la pobreza, sino
también para afirmar el programa de ajuste estructural y estabilidad.
Al término de una política
proteccionista no se tenía un diseño claro de otra política que bajo
condiciones de competitividad permitiera a las organizaciones insertarse de
lleno en los procesos de globalización. Las instituciones críticamente afectan
los costos del ajuste estructural de acuerdo al análisis de North. Las
políticas de ajuste estructural tienen más bien una lógica política que una
racionalidad económica. El argumento de que para alcanzar los niveles de
eficiencia económica se tiene que pagar un alto costo social y que la
desigualdad es necesaria para lograr la acumulación de capital y el crecimiento
económico, no son totalmente válidas. Los programas de ajuste estructural
aplicados en Latinoamérica no dieron resultados satisfactorios. El Banco
Mundial (1997, 26) reporta: “Han fracasado los intentos de desarrollo basados
en el protagonismo del Estado, pero también fracasarán los que se quieran
realizar a sus espaldas. Sin un Estado eficaz el desarrollo es imposible”.
Desgraciadamente, fue durante el mismo
periodo en que se introdujeron los programas de ajuste estructural, que se
realizan la apertura de los mercados, reducción del gasto público, la
privatización de las corporaciones estatales, aumento de los impuestos y el
sometimiento de la política económica al cumplimiento de metas financieras,
etc., y se pensó que era la dirección correcta porque se había perdido la fe en
el manejo de los recursos por el gobierno. No obstante, las economías
nacionales están siendo saneadas para
favorecer a la inversión capitalista transnacional.
El problema se complica cuando debido a
la aplicación de las políticas de ajuste estructural, sobre todo en los países
latinoamericanos, la capacidad del Estado para satisfacer las demandas sociales
se está reduciendo substancialmente. Las políticas de ajuste estructural han
barrido las estructuras económicas, políticas y sociales de los Estados
nacionales. Lo que ha resultado es un dualismo social en el que se muestra los altos
niveles de desigualdad debido a una mala distribución de los beneficios de la
riqueza, mientras que una minoría cuenta con todos los recursos, la mayoría
vive en niveles inferiores a la línea de pobreza. Los organismos internacionales que formulan las políticas económicas
y los gobernantes que las implementan son insensibles a las verdaderas causas
de la pobreza y tienen una fe ciega en que las fuerzas del mercado y el tiempo
son la verdadera solución. En otras palabras, diseñadores e implementadores de
las políticas dejan que en las fuerzas del mercado se determine la construcción
del tipo de sociedad.
Las reformas estructurales y de ajuste,
así como los procesos de integración económica están favoreciendo el
crecimiento económico de los sectores productivos más modernos que se han
vinculado a la dinámica del comercio internacional. En este esquema de comercio
internacional en pleno siglo 21, no hay lugar para otras formas de integración,
ni tampoco existe espacio para los que tienen bajos logros. El crecimiento
económico está siendo generado por la denominada nueva economía vinculada a la
alta tecnología, telecomunicación y servicios financieros y no por la vieja
economía compuesta por los sectores tradicionales como la construcción, transportes, etc. Los factores que explican este crecimiento son la flexibilidad
laboral y la actualización y
capacitación requerida. La inmensa mayoría de las personas vinculadas a los
sectores productivos más tradicionales están pagando los costos de los ajustes y
cambios estructurales, rezagándose en el mejor de los casos, cuando no están
siendo marginados del desarrollo o bien desapareciendo totalmente como entes
productivos. Sin embargo, a pesar de un crecimiento económico en los sectores
de la nueva economía, las desigualdades sociales van en aumento.
América Latina ha experimentado un
crecimiento económico razonable, aunque no distribuido equitativamente, es
decir, el crecimiento es a favor de una clase de empresarios que no ha podido
compartir los beneficios con los demás (Llorente, 1999). No obstante, la
recuperación del crecimiento económico permaneció estancado en 1999, con un
aumento del producto interno bruto (PIB) regional apenas perceptible de 0.1 por
ciento. Un estudio de la United for a Fair Economy concluye que como efecto de
las políticas económicas regresivas aplicadas en las últimas dos décadas en los
Estados Unidos, el uno por ciento de los hogares más ricos ha duplicado su
captación de la riqueza nacional. Esto, desde mediados de los setenta y ahora
cuenta con más riqueza que 95 por ciento de la población (Cason y Brooks,
1999). Un patrón de comportamiento económico similar se repite en América
Latina.
Queda así en entredicho la tesis de que
las economías abundantes en mano de obra como las de los países
latinoamericanos, son las que más pueden obtener crecimiento económico y
reducción de la pobreza vía liberalización económica, porque la ventaja
comparativa favorece al trabajador pobre. Esta tesis ha motivado la aplicación
de políticas apropiadas de los Estados faccionales democráticos y los
predatorios, los cuales son empujados en
esa dirección que consideran ser la correcta (Lal y Myint, 1996). Esta
tendencia altera radicalmente los procesos de la vida y el trabajo bajo
ciertas circunstancias, de tal forma que resultan en un incremento del empleo
en el sector servicios con la consecuente declinación del empleo en las
manufacturas, el incremento de la fuerza de trabajo femenina y del trabajador
migrante, etc.
Otros autores anotan que los Estados en
desarrollo que confían en la ventaja de los costos laborales para las
inversiones extranjeras serán golpeados duramente por los movimientos de la
automatización flexible. Los nuevos países industrializados no serán del todo
afectados si basan su ventaja competitiva
tanto en temas de infraestructura
y en asuntos fiscales y legislativos, como en la oferta de trabajo (May,
1997). En las economías latinoamericanas abundantes de tierra, la ventaja
comparativa indica la especialización, la cual daña los intereses a corto plazo
del capital y el trabajo creando desajustes en
los procesos de liberalización económica.
North (1998) llega a concluir que la
causa histórica del subdesarrollo y la violencia política se debe a la
implementación de políticas de ajuste estructural, entre las cuales las instituciones financieras
internacionales y los donantes condicionan los programas de asistencia, y por
lo tanto inclinando el balance del poder en favor de los sectores privados y
militar.
b. Segunda generación de
reformas: Reformas institucionales.
La segunda generación de políticas se orienta a crear las instituciones necesarias del Estado para el nuevo modelo de desarrollo con base en el eficiente funcionamiento del sector privado y la asignación eficiente de los derechos de propiedad privada. Se construyen, reconstruyen y reforman instituciones. Las reformas se orientan a fortalecer al mercado mediante la reducción de funciones del Estado, enfocándose en su eficiencia burocrática del Estado, se intensifican las privatizaciones de las empresas paraestatales, la contratación externa para la provisión de servicios públicos y se aplican técnicas y métodos de la gerencia privada que buscan optimizar el gasto de las funciones públicas del Estado y combatir la corrupción, fraude y despilfarro de los recursos públicos. Según Hopkins (1991:701), las características de la administración pública en Latinoamérica son “la excesiva centralización de la autoridad, la inestabilidad de la supervisión, el legalismo, la comunicación inadecuada y la administración deficiente de personal”.
Existe consenso en que la administración pública tiene que reformarse para profundizar los cambios económicos políticos y sociales en los Estados de Latinoamérica. Los aparatos burocráticos de los Estados Latinoamericanos centralizaron los procesos de toma de decisiones controlando los recursos, gastos, personal, etc.. Los puestos burocráticos superiores son designaciones discrecionales de carácter político. El promedio de permanencia de un ministro latinoamericano es de quince meses en su puesto. Menem en Argentina reforma el servicio civil de carrera para los mandos superiores, basado en un modelo organizacional, aunque su intento no está dando los resultados esperados.
Las diferentes teorías sobre la
corrupción asocian las variaciones entre las naciones con tradiciones
históricas y culturales, niveles de desarrollo económico, instituciones
políticas y políticas gubernamentales. Se argumenta en diversas investigaciones
que para ciertos países y naciones en particular, se tiene una cultura que es
congénitamente conductiva a la corrupción, como el caso de Rusia. Los factores
hictórico-culturales de la región latinoamericana pueden explicar los niveles
de corrupción que se dan en esos países, y otros investigadores se apresuran y achacan a las tradiciones de
la fe católica algunos efectos residuales de la corrupción (Treisman, 1999)
aunque se requiere mayor investigación.
Las tradiciones institucionales y culturales afectan los niveles de percepción de la corrupción más significativamente que las políticas del Estado. Se han sugerido una variedad de características nacionales de tipo económico, político, social, religioso, cultural, etc. que afectan los costos de los riesgos y beneficios esperados. Los programas de lucha contra la corrupción fracasan, como en los casos de la Renovación Moral de De la Madrid en México y el del Alcalde de La Paz, Bolivia.
En 1980 Pinochet otorga independencia al Banco Central en Chile. Argentina en 1990, Colombia en 1991, México en 1993 y Venezuela otorgan mayor independencia y autonomía a sus Bancos Centrales, aunque es muy discutible que en un sistema político altamente centralizado y presidencialista, como en el caso específico de México, la autonomía otorgada al Banco Central sea efectiva.
La Reforma del Estado se enfoca en los
procesos de liberalización económica y en la reinvención de las instituciones del
Estado para facilitar procesos políticos que garanticen la eficiencia,
responsabilidad (accountability) y participación democrática en el control
burocrático gubernamental mediante la reestructuración de incentivos
organizacionales como en la reforma al servicio civil de carrera, motivada por
la crisis fiscal. La delegación y la descentralización son los principales
elementos de ésta Reforma del Estado. La gobernabilidad de las instituciones y
la sociedad introduce la relación que existe entre el diseño de un aparato de
administración pública efectivo y la vigencia de un marco legal efectivo. Sin
embargo, es más difícil de realizarla cuando existe una aguda división de
partidos políticos como es el caso reciente en México.
Sin embargo la participación popular y la
descentralización política son relativamente nuevas en el contexto de los
gobiernos locales en Latinoamérica, y no se encuentran exentas de múltiples
problemas en la complejidad de un medio ambiente en el que la política es
relegada al status de una variable más, debilitando por lo tanto, el impacto
que puede tener una política de descentralización. Cuando a la gente se le
involucra en decisiones que les afectan su calidad de vida, su participación
apoya y sostiene sus propias decisiones, aseguran el uso más eficiente de los
recursos para la satisfacción de las necesidades y se hace más difícil su
desvío y mal uso porque se transparentan y se vuelven más fácil de detectar.
Antes que el Estado en sí mismo se
transforme, es más probable que las relaciones informales de las instituciones
del Estado con la sociedad civil, se encuentren bajo presión para ser
reestructuradas. En el gobierno de Frei Ruiz-Tagle en Chile, la demanda por
modernizar al Estado bajo una connotación más democrática, hace que la gestión
pública se transforme desde una cultura de súbditos para enfocarse a una
cultura de ciudadanos, con un énfasis mayor en la relación del Estado con la
sociedad civil. El sector público implementa procesos de calidad en el servicio
y programas de participación ciudadana, sensible a las demandas, necesidades e
interese de las personas.
1). Delegación.
La administración pública burocrática pretendió erradicar los vicios
del patrimonialismo y terminó fusionándose en una rigidez burocrática con
diversas manifestaciones “buropatológicas” en casi todos los países
latinoamericanos. Al paradigma burocrático de la administración pública en
Latinoamérica se incorporan las teorías organizacionales en los años setenta. Y
en los ochenta emerge una gerencia pública
que adopta métodos y técnicas de gestión de empresas privadas, con
estrategias basadas en la delegación de funciones y en evaluaciones de
desempeño, la cual está sustituyendo a la administración burocrática
patrimonialista, sobretodo en la provisión de los servicios públicos. Weber
(1989, pág. 1073) utiliza el término “burocracia patrimonial” propia del
capitalismo moderno y la distingue de otras “sumamente irracionales”.
Argentina está introduciendo presupuestos
en base a resultados, como en el caso de la provincia de Mendoza. La reforma
administrativa de Brasil en 1995 que alienta la modernización y
profesionalización del servicio público con una orientación a atender a la
ciudadanía, fue la consolidación de la reforma fiscal, fortalece las funciones
estratégicas del Estado. La reforma brasileña propone la creación de nuevas
instituciones. Además, esta reforma administrativa contempla limitar la
previsión y fortalecer el “núcleo estratégico del Estado” mediante la
profesionalización del servidor público. Brasil introdujo un sistema de
contratos entre el gobierno y diferentes organismo sociales a los que se les
confía la provisión de servicios, definiendo un tercer sector. La Tesorería ha
introducido un sistema de incentivos basado en la evaluación del rendimiento.
Ceará, Estado brasileño, mediante programas de calidad mejoró sus servicios.
Chile emprendió reformas al aparato administrativo burocrático en la década de los ochenta y ha logrado éxito en reformas aplicadas a través de enclaves. En los noventa, adoptó técnicas de la Nueva Gerencia Pública, tales como la planeación estratégica, evaluación del desempeño de programas y retribución conforme al rendimiento. La reforma administrativa chilena ha logrado importantes avances para flexibilizar las estructuras autoritarias y rígidas. Tanto Chile como Colombia y Costa introducen sistemas de evaluación del desempeño y de incentivos y de contratos entre el gobierno y otros organismos. Algunos países del Caribe, ex colonias británicas, tienen importantes avances en el servicio público, como por ejemplo, Jamaica que implanta un modelo para transformar a 11 entidades. En Ecuador fracasó la reforma administrativa basada en relaciones contractuales.
En México se inició en 1995 un Programa de
Modernización de la Administración Pública con acciones enfocadas a la
modernización y fortalecimiento de la capacidad administrativa y a la
eliminación de la corrupción, la descentralización de la función pública y la
reorganización de la relaciones intergubernamentales dentro del sistema
federal. El monopolio del poder y su uso discrecional que mantienen algunos
miembros en las estructuras de gobierno es la principal fuente de conductas
corruptas, por lo que se requiere de reformas institucionales profundas. El
programa pretende desarrollar
mecanismos para una mayor responsabilidad y rendición de cuentas de las
agencias de gobierno, en materia de administración de los servicios públicos,
así como asegurar una mayor disponibilidad para establecer asociaciones con las
organizaciones no gubernamentales.
Perú muestra importantes avances en la administración fiscal y con el sistema contractual y aumento de facultades discrecionales, varios organismos se han beneficiado.
En términos generales, los resultados son insatisfactorios en las reformas administrativas globales y procesales porque se plantean tecnocráticamente y desligadas de las implicaciones políticas del entorno en que se implementan. Tampoco toman en cuenta las condiciones económicas, políticas, sociales y culturales para su instrumentación a la realidad latinoamericana.
2). Federalismo y descentralización.
Bajo el esquema de un “Nuevo
Federalismo” se abre un debate para descentralizar las funciones que concentró
el federalismo, como en el caso de Argentina, Brasil, México y Venezuela. Sin
embargo, la adopción del sistema federal se convirtió en una disfuncionalidad para mantener intacta la soberanía e
integridad de las nacientes repúblicas independientes que adoptaron este
sistema
La descentralización de la toma de
decisiones económicas y políticas y la competencia efectiva ha sido la
estructura institucional subyacente para los cambios organizacionales que
permiten a las economías y democracias modernas cosechar los beneficios de la
tecnología (North, 1993). El uso de la información y el conocimiento constituye
ahora la ventaja competitiva de las naciones. Las sociedades requieren de
cambios organizacionales que concreten los procesos de democratización y
descentralización. La base simbólica y material de las democracias no está
circunscrita exclusivamente a la participación en las instituciones económicas
y políticas, sino también en el acceso al uso ampliado del conocimiento, la
información y la comunicación. Desgraciadamente, los avances tecnológicos que
se están distribuyendo en todo el mundo no poseen las mismas posibilidades de
“acceso” para todos los habitantes del planeta.
La transferencia de responsabilidades de
planeación, administración y asignación de recursos del gobierno central a los
gobiernos estatales y municipales han hecho importantes avances aún en países
donde ya existía el sistema federal, como el caso de Argentina y Brasil, donde
los gobiernos estatales detentan un gran poder político. En menor medida México
a pesar de la Reforma Municipal de 1984 y Venezuela en donde los gobernadores
eran designados. Igualmente en los países con sistemas unitarios como en el
caso de Chile y Colombia.
En Brasil, la reforma administrativa de
1995 formaliza las “agencias ejecutivas” o “agencias autónomas” en el sector de
las actividades exclusivas del Estado y las “organizaciones sociales” en las
actividades científicas y sociales, ambas instituciones bajo contratos de
gestión para descentralizar funciones administrativas. (Pimenta, 1994). En Brasil, la población de Belo Horizonte participa en la
elaboración del presupuesto público. Brasil realiza cambios constitucionales
sobre la participación en los ingresos para abatir los problemas creados por la
Constitución de 1988. Organizaciones
comunitarias y de base territorial emprenden acciones de auto-ayuda como en el
caso de Venezuela (BID, 1993).
Con respecto a la transferencia de
recursos, en Argentina y Colombia son transferencias directas no condicionadas
a aportaciones propias para financiar las nuevas competencias trasladadas, más
sin embargo, en Colombia se pondera la aportación local. Tanto en Argentina
como en Brasil, las trasferencias son de libre disponibilidad. En Bolivia, las
comunidades rurales presentan los requerimientos de obras y servicios públicos
a los municipios, los cuales reciben la asignación de recursos en función de su
población. Brasil y Chile transfieren recursos para financiar las competencias
trasladadas, complementados con transferencias directas no condicionadas a las
aportaciones propias. Los municipios localizan a los beneficiarios de estos
subsidios diferenciados. En Las Condes, Chile se somete a consulta en la
comunidad el gasto público y se plebiscita el pago de tarifas para el
financiamiento de obras de infraestructura. En México, las transferencias de
financiamiento se condicionan a las aportaciones locales.
Sin embargo, se cuestiona la capacidad de
los gobiernos estatales y municipales para administrar los servicios públicos
de educación y salud, entre otras razones porque son sujetas a la cooptación de
elites económicas y políticas locales.
La descentralización de la educación y la salud ha tenido ciertos avances,
muy cuestionados, de transferencia a los municipios combinándose con mecanismos
de financiamiento para subvencionar a los alumnos.
Bolivia descentraliza los servicios
educativos y lleva a cabo una Reforma Educativa que transfiere recursos a los
municipios y prefecturas y que se articulan en Organizaciones Territoriales de
Base, pero se excluyen a los sindicatos docentes de participar.. En Chile tiene
un doble propósito: privatizar y municipalizar la educación básica y se
privilegia la provisión privada otorgando apoyo a los estudiantes de escasos
recursos mediante un programa de financiamiento por medio de vouchers asociados
a logros y que proporciona incentivos al sector educativo privado para
incrementar su matrícula, sistema que afecta la equidad. Bajo los “Proyectos de
mejoramiento educativo” se otorga autonomía a los centros educativos. Los
maestros se convierten en empleados privados de los municipios y dejan de ser
empleados del Estado.
Colombia lleva a cabo una
descentralización político-administrativa que transfiere la responsabilidad a
los municipios. El Salvador descentraliza educación básica y transfiere la
administración a “Consejos Directivos Escolares”. Nicaragua descentraliza la
administración de escuelas primarias y secundarias para ser administradas por
Consejos Municipales de Educación. En Perú se transfieren los servicios
educativos a los municipios y se crean Consejos Comunales de Educación que
administran los centros financiados total o parcialmente por el Estado, al igual
que subvenciona a centros educativos privados. Venezuela descentraliza con la
transferencia de recursos financieros, humanos y materiales a los estados.
Un proceso similar se sigue para el caso
de los servicios de salud. El país que más avanzado es Chile con programas de
apoyo a organizaciones sociales que prestan estos servicios, seguido por
Brasil, que instituye el Sistema Único de Salud en 1990 que descentraliza los
servicios con participación financiera de los estados, municipios y el sector privado.
El modelo de salud chileno denominado
programa “Salud para la gente” asigna recursos mediante “pago per cápita” que
garantiza un paquete de servicios por atenciones curativas en los consultorios,
sistema que también genera iniquidades. El programa establece Proyectos
Comunitarios de Prevención. (Weinstein, 1997). En seguridad social se deja en
libertad a los beneficiarios para contratar los servicios de aseguradoras
privadas operando en el mercado.
Argentina y Colombia han diseñado un sistema
de salud y seguridad combinado que integra los servicios proveídos por el
Estado y los privados, bajo un sistema de elección con varias aseguradoras y se
crea un fondo nacional de compensación y solidaridad entre las aseguradoras. Al
igual que El Salvador y Venezuela, han descentralizado los servicios médicos en
entidades autónomas administrados con criterios de administración empresarial.
En Costa Rica los servicios médicos se han desconcentrado administrativamente
en “Equipos básicos de atención integral de la salud” (Salas, 1996). En menor
medida, Bolivia, Honduras, Nicaragua y Perú.
México y Venezuela transfieren las responsabilidades a los Estados y
provincias.
En muchas ocasiones, estas transferencias
de responsabilidades vienen acompañadas de disfuncionalidades, como en el caso
del manejo discrecional de las transferencias fiscales del primer gobierno
democrático de Alfonsín debilitó el equilibrio entre el centro y las provincias
hasta alcanzar un déficit fiscal de 6.2 por ciento del PIB en 1986, hasta que
se logró un mayor control con la Ley de Participación en el Ingreso en 1988.
La descentralización permite a los
gobiernos que mantienen un control central
distribuir recursos y servicios en territorios donde las necesidades son
más apremiantes, determinadas por criterios electorales partidistas. El poder
de los líderes partidistas se incrementa cuando controlan el acceso a los
recursos. Las trasferencias fiscales intergubernamentales en Brasil se destinan
al fortalecimiento de bases locales que actúan como intermediarios entre los
gobiernos locales y los ministerios. El
caso de los pueblos jóvenes, el Programa de Asistencia Directa (PAD) y el
Programa de Apoyo al Ingreso Transitorio (PAIT) para los pobres urbanos en Perú en 1985, tienen fines electorales (
Graham, 1994: pp. 98-106). Igualmente el
Programa Nacional de Solidaridad ó PRONASOL en México de 1988 a 1994 y
el Programa de Educación, Salud y Vivienda ó PROGRESA de 1994 al 2000. La
asignación territorial de los recursos de PRONASOL y PROGRESA era discrecional
del Presidente de México con propósitos de ajuste estructural, pero también de
control partidista electoral.
La transferencia de recursos para
subsidiar parte de los costos para la adquisición de bienes y servicios
públicos que no puedan pagar las familias avanza en salud en Argentina y
Colombia. En Chile se subsidia la educación mediante subsidios focalizados.
3). Privatizaciones.
Latinoamérica ha abrazado los programas
de privatización con mucho entusiasmo y existen evidencias que sugieren que ha
habido un decremento del involucramiento del Estado en la economía. De acuerdo
a datos del Banco Mundial (Notimex, 2000), los países de América Latina y el
Caribe captaron 154 mil 225 millones de dólares por privatizaciones de 1990 a
1998, los que representan la mitad de los ingresos por transferencia de bienes
productivos del Estado a inversionistas privados.
De acuerdo con datos de la OCDE, el
proceso de privatización mundial tuvo un valor de 145 mil millones de dólares
en el año de 1999, el 10 % superior al año anterior. El país más privatizador
de América Latina ha sido Brasil, con un total de 66 mil 729 millones de
dólares. A pesar de que en los últimos años han declinado las transacciones de
privatización en el mundo, América Latina y el Caribe captaron el 77 por ciento
de los ingresos mundiales en 1998. En 1999, en la región latinoamericana, las
privatizaciones fueron inferiores a los planes establecidos. Las actividades de
privatización continúan la tendencia mundial a la reducción del papel del
Estado en las economías nacionales, a ajustar los presupuestos y a la atracción
de inversión extranjera. La tendencia, por lo tanto, es a incrementar las
operaciones de transferencia de las empresas propiedad del Estado al sector
privado (EPEs).
Los programas de privatización de las
empresas paraestatales en Latinoamérica han sido vastos en sus alcances y hasta
cierto punto, exitosos en la reducción del papel de un Estado que era
intervencionista en la economía. México
es el segundo privatizador de América Latina en la década de los noventa cuando
el gobierno transfirió a particulares activos por 31 mil 458 millones de
dólares, que representan 20.4 por ciento de la venta total de empresas
propiedad del Estado (EPEs) en Latinoamérica, según un estudio del Banco
Mundial (González, Cason y Brooks, 2000). El año que más ha captado es 1991 con
un total de 11 mil 289 millones de dólares, mientras que en 1998, México captó
999 millones de dólares. México planea privatizar bienes en aeropuertos,
ferrocarriles y en el sector energético, la industria petrolera y eléctrica.
Sin embargo, las privatizaciones reducen el margen de operación del Estado y
debilitan el control sobre el sector empresarial, de acuerdo con la lógica del
libre mercado.
De acuerdo con el estudio de La Porta y
López-de-Silanes (1997), en 1982 las empresas de propiedad estatal produjeron
el 14% del producto nacional bruto, recibieron transferencias netas y subsidios
iguales a 12.7 por ciento del PNB y representaron el 38 por ciento de la
inversión de capital fijo. Las privatizaciones alcanzaron un monto de tres mil
160 millones de dólares en 1990, para
aumentar a 11 mil 289 millones en 1991 y sumar seis mil 924 millones de dólares
en 1992. Para junio de 1992, el gobierno había privatizado 361 de alrededor de
1200 empresas propiedad del Estado. Las privatizaciones hechas en 1993
representaron dos mil 131 millones de dólares, en 1994 fueron de 766 millones y
en 1995 sólo de 167 millones de dólares. En 1996 aumentó a mil 526 millones de
dólares, en 1997 creció a cuatro mil 496 millones y en 1998 la venta fue por
999 millones de dólares. El informe del Banco Mundial señala que entre 1990 y
1998 las privatizaciones de empresas públicas alcanzaron un monto de 154 mil
225 millones de dólares, cantidad apenas inferior al saldo de la deuda externa
total de México que fue de 159 mil 959 millones de dólares en 1998.
El beneficio de las privatizaciones no
ha sido el mayor para los mexicanos a pesar de que sus defensores tratan de
demostrar lo contrario. Según datos del privatizador Salinas de Gortari (1999)
“las privatizaciones abrieron espacio presupuestal para financiar el gasto
social sin recurrir a déficit fiscal”. Los efectos no han sido del todo
satisfactorios. Los programas de privatizaciones en México han reducido el
empleo a la mitad mientras que la producción se ha incrementado en un 54.3% a
pesar de una significativa reducción en inversiones. Un estudio anterior de
Galal et al. (1992) analiza el desempeño después de la privatización de doce
compañías de diferentes países, incluyendo México, documentando que hubo
incremento del 26 % en las ganancias en once casos e incremento de los beneficios a los trabajadores en tres casos.
5. RESULTADOS: DISFUNCIONALIDADES ECONÓMICAS,
SOCIALES Y POLÍTICAS.
Las crisis económicas recurrentes por las
que ha pasado la economía latinoamericana aunado a las debilidades
institucionales para limitar los alcances en el tejido social ha sido las
repercusiones de la aplicación de la política económica neoliberal y los
factores clave del deterioro de la gobernabilidad de la sociedad. En la década
de los ochenta, Latinoamérica entró en un período doloroso y controvertido de
reestructuración del Estado, que implicaron la reorganización económica,
reformas políticas y una modernización administrativa. La reducción del tamaño
del Estado, la privatización de las empresas propiedad del Estado (EPEs) y la
desregulación económica fueron las estrategias adoptadas para el diseño del Estado de los países
latinoamericanos, como lo fueron también para otros Estados.
Los países latinoamericanos han sido
sorprendidos por los procesos de globalización porque no tenían los mecanismos
económico-políticos y las instituciones necesarias para asimilar los efectos en
materia de una mayor justicia social en la distribución de la riqueza. Los
retos planteados por los procesos de globalización a Latinoamérica, implican la
revisión de las utopías románticas de la integración latinoamericana.
Los efectos de la globalización han
demostrado ser perversos. Las mil empresas más beneficiadas y triunfadoras de
la globalización concentran activos que superan en un 42 por ciento al producto
interno bruto mundial calculado por el Banco Mundial en 28 billones 736 mil 978
millones de dólares. Las 100 más grandes empresas transnacionales controlan el
70% del comercio mundial. No obstante, hay que dejar claro que no existe una
relación significativa entre el crecimiento del comercio mundial y el producto
bruto mundial. El volumen de la economía financiera es 50 veces superior a la
economía real. El valor de mercado de
las mil empresas más beneficiadas es de 23 billones 942 mil 986 millones de
dólares, cifra que equivale a 11.8 veces el producto interno bruto de todos los
países latinoamericanos. El valor de mercado de la General Electric de 520 mil
250 millones de dólares es equivalente al producto interno bruto de México.
Cualquiera de las 23 multinacionales más poderosas tienen ventas
superiores a lo que México exporta.
En 1999 se concretaron nueve mil 240
fusiones y adquisiciones entre empresas que alcanzaron un valor de dos billones
963 mil millones de dólares. Esta cantidad supera 67 por ciento el producto
interno bruto anual de todos los países de América latina y el Caribe,
calculado por el banco Mundial en un billón 769 mil millones de dólares
(González Amador, 2000). Tan sólo en el sector financiero, las fusiones y
adquisiciones bancarias se han acelerado como una respuesta a la globalización
de los servicios. Totalizaron más de
300 mil millones de dólares en 1999 más otros cien mil millones de dólares que
se esperan para el año 2000.
Un recuento breve realizado por Jiménez
Lazacano (2000), de los efectos del modelo de desarrollo de los países
latinoamericanos, menciona los siguientes: la fuerte dependencia económica con
el exterior, principalmente con Estados Unidos y la Unión Europea, fuertes
crisis financieras, devaluaciones y rescates bancarios, concentración de la
riqueza en menos del 10% de la población, lento crecimiento económico,
destrucción de la planta productiva, desempleo y subempleo, prioridad a la
industria maquiladora, expulsión de trabajadores mexicanos hacia el Norte,
privilegios al capital foráneo y al sistema financiero por sobre la economía
real, privilegio al servicio de la
deuda externa e interna, política
económica restrictiva, integración económica hacia fuera y desintegración hacia
adentro, rompimiento del tejido social, reducción de los niveles de ingreso de
la población, transferencia de la riqueza local al exterior, expansión de la
pobreza, rompimiento del pacto social, exclusión de los indígenas, privilegios
al comercio exterior por sobre el mercado interno, sectores ganadores y
sectores perdedores del comercio exterior, inestabilidad y crisis financiera
recurrentes, falta de sustentabilidad del modelo de desarrollo y reducción de
opciones de política económica.
Los tres grandes retos en Latinoamérica
son lograr un crecimiento económico sustentable (política económica), una
distribución justa y equitativa del ingreso (política social) y una mayor
participación y gobernabilidad democrática.
a.
Política económica y crecimiento económico.
Las políticas económicas han tenido
efectos profundos en las políticas sociales, a tal grado que la persecución de
políticas que reducen las desigualdades sociales entran en conflicto con la
lógica de la acumulación de capital. La desnacionalización de las empresas, la
concentración del aparato productivo y la destrucción de las cadenas
productivas han traído consigo un crecimiento del desempleo y una
profundización de la pobreza extrema. La carencia de adecuadas oportunidades de
empleo es una de las principales preocupaciones de los Latinoamericanos. No se
genera la suficiente cantidad de empleo, por lo que pocos individuos tienen
acceso a trabajo bien remunerado. Los factores que afectan la oferta laboral
están afectados por las reducciones de crecimiento del empleo, el incremento en
la desigualdad salarial y los cambios en el desempleo durante la última década
en Latino América. Duryea y Székely (1998) concluyen que las dos fuerzas que
orientan la oferta laboral en la región han sido la demografía y la educación
mejora significativamente el entendimiento de la declinación en el empleo, la
cambiante pauta de desempleo y el incremento en la desigualdad salarial.
Las regulaciones impositivas y altos
impuestos están entre los cuatro más grandes obstáculos en 20 de 22 países. Las
regulaciones del trabajo y seguridad y regulaciones del medio ambiente tienden
a ser percibidas como los más grandes obstáculos en los países industriales que
en países menos desarrollados. La inadecuada oferta de infraestructura está en
la mitad de la escala de obstáculos en la mayoría de las regiones. Los
obstáculos que se relacionan con las políticas monetarias son los más altos en
algunos países africanos y latinoamericanos. La inestabilidad de las políticas
no está entre los grandes obstáculos en cualquiera de las regiones, excepto
para algunas regiones en transición y Latinoamérica. La inestabilidad económica
se manifiesta en los altos déficits fiscales, altos índices de inflación,
volatilidad en las tasas de cambio, etc. que agravan los costos del desempleo y
repercuten en bajos niveles de inversiones en los sectores exportadores de la
economía, con la consecuente reducción de creación de empleo a su vez. Los controles de precios y el terrorismo
parecen ser problemas del pasado. Por sobre todo, los países más ricos son
también aquéllos que tienen las mejores marcas de los empresarios.
La intervención de los gobiernos
latinoamericanos en la organización de la actividad económica ha sido más
propicia para afectar adversamente el bienestar económico, más que tratar de
avanzarlo, a pesar de que la amplitud y la profundidad de la adversidad han
variado de acuerdo a las circunstancias del tiempo (Dunning, 1997). Por otro
lado, a pesar de estar en favor de los procesos de integración, los países
aplican medidas proteccionistas encubiertas en materia laboral y de medio
ambiente. Sin embargo, los desequilibrios del poder entre los 135 países
miembros de la Organización Mundial del Comercio pueden ser la causa por la que
las constantes violaciones laborales y ambientales sirvan como pretexto para
revirar a un proteccionismo.
Los ciclos económicos de Latinoamérica
en los noventa han permitido un crecimiento económico regional promedio de
3.2% que poco ha logrado para los más
pobres. El crecimiento económico ha sido muy bajo en los últimos años, y la
misma tendencia continuará en los próximos años debido a las condiciones
externas de los fenómenos de la globalización, como las recurrentes crisis
financieras amplificacadas por las condiciones locales de vulnerabilidad
cambiaria, fiscal y financiera, situaciones que hacen difícil mantener la
estabilidad macroeconómica. Estos
resultados negativos están causando la generalización del descontento social y
están desembocando en protestas para manifestar sus inconformidades por la
política económica adoptada.
La incapacidad de los gobiernos para
superar los problemas económicos y sociales están generando situaciones de
ingobernabilidad mediante el desarrollo de áreas territoriales donde la falta
de aplicación del Estado de Derecho ha
dado origen a situaciones caóticas en donde impera la ilegalidad y la
barbarie. Los problemas de bajo, nulo o
crecimiento económico negativo y la privación del desarrollo social tienen que
ser abordados como problemas básicos de gobernabilidad En todo caso, la
gobernabilidad entendida como la capacidad del
Estado para resolver los problemas de la sociedad, queda reducida a los “arreglos” entre los
diferentes grupos de las elites políticas.
b. Desarrollo social: pobreza y desigualdad social.
La propuesta del modelo capitalista
democrático para las economías de mercado de los países latinoamericanos
necesita revisarse en función de los resultados expresados en incremento de la
pobreza. Esto redunda en la formación de una sociedad con grandes contrastes en
la distribución del ingreso.
Estas políticas económicas son las
causantes de una profunda desigualdad económica y social y una mala
distribución de la riqueza, que generaron una mayor exclusión social y
marginación. Es ampliamente reconocido por académicos e intelectuales que la
estructura social latinoamericana, a diferencia de otras sociedades, es una
“pigmentocracia” representada en un extremo por los aristócratas descendientes
de los españoles, altos, de piel clara, bien educada y dueños de los factores
de producción, tierra y capital. Mientras que en el otro extremo se colocan a
los descendientes directos de los indígenas, bajos de estatura y de piel
obscura. En medio de estos dos estratos, se encuentra uno grande representado
por los mestizos.
Los colonizadores españoles usaron la
fuerza militar y los poderes del Estado para asegurar su dominio económico y
político sobre las mayorías dominadas (Chua, 1998). La persistencia de esta
estratificación social hasta en la actualidad es una de las causas de
marginación y exclusión social y constituye un serio problema para la buena
gobernabilidad. El estrato social dominante es dueña de los principales medios de producción,
empresas, etc. Sin embargo, debido a que la fuente de su dominio económico se
debe principalmente a razones que no son las del mercado, bajo el nuevo
ambiente competitivo de la globalización puede ser su tumba. Pero además, la
mercadización puede abrir oportunidades a los grupos en desventaja que no
tuvieron la oportunidad de participar activamente en la economía.
La pobreza alcanza a 224 millones en
Latinoamérica, de acuerdo al análisis de Galaz (2000). En 1980, 135 millones de
personas que correspondía al 35% de los hogares latinoamericanos eran pobres,
cifra que alcanzó el 45% que
representaba a 200 millones de pobres en 1990 y para 1998, 50 millones de
personas que antes pertenecían a las clases medias pasaron a ser pobres. Un reporte de Business Week (2000) señala
que una quinta parte más alta de la población latinoamericana controla más de
la mitad de la riqueza, mientras que la quinta parte más baja recibe sólo el
4.5%. Más del 40% de los 470 millones de latinoamericanos viven con menos de
dólares al día y son pobres dentro de los estándares del Banco Mundial. Un
cuarto de toda la población latinoamericana vive en condiciones de extrema
pobreza con menos de un dólar diario. Latinoamérica se volvió más desigual en
la década de los ochenta, la cual permaneció durante los noventa. Para 1997, la
incidencia de pobreza permaneció 3 por ciento mayor a 1980, con un total de más
de 70 millones de pobres más que en 1980.
En el caso específico de México, 20
millones de mexicanos (20% de la población total), viven en condiciones de
pobreza extrema y más de 40 millones (40% de la población), viven por debajo de
la línea de pobreza. El Banco Mundial presenta cifras en las que 42 millones de
mexicanos tienen niveles salariales por debajo de los veinte pesos diarios. La
Encuesta Nacional de Ingreso-Gasto en los Hogares (ENIGH), realizada por
el Instituto Nacional de Estadística,
Geografía e Informática (INEGI) en el año 2000, reporta que la generación de la
riqueza aumentó en los últimos seis años, pero la distribución de la esta
riqueza se volvió más inequitativa, con niveles de deterioro alarmantes. El 10
por ciento de los hogares más ricos del país concentra 38.11 por ciento del
ingreso nacional. En el otro extremo,
la décima parte de los más pobres percibe apenas el 1.50 por ciento del total,
cuando en 1996 fue de 1.79 por ciento.
El motivo de este “Exceso de pobreza”
sostienen Attanasio y Székeley (1999a:317), es la elevada desigualdad en la
distribución de los recursos y también se debe al escaso crecimiento
experimentado por la mayoría de los países latinoamericanos durante las décadas
de los ochenta y los noventa. La desigualdad de ingresos es resultado de una
“distribución muy deformada de los activos generadores de ingresos, siendo el
más importante de ellos el capital humano”. En ninguna parte del mundo la
desigualdad económica es tan profunda como en Latinoamérica (Business Week,
2000). A pesar de que la incidencia de la pobreza disminuyó en la región
durante la primera mitad de la década de los noventa del siglo pasado, sin
embargo, la reanudación del crecimiento económico fue insuficiente para reducir
el número absoluto de pobres en los países latinoamericanos debido
principalmente a “choques adversos”.
Las principales fuentes de la pobreza son
internas a la sociedad: carencia del conocimiento, educación y ciencia, falta
del Estado de derecho (regla del derecho), falta de instituciones que protejan
las vidas de las personas y su propiedad y provean de un marco de referencia de
los incentivos para la acción individual y la empresa, falta de equipamiento de
capital de todos tipos, inestabilidad macroeconómica masiva, gobiernos
predatorios, etc. Las políticas públicas para reducir la pobreza se centran en
el aumento de ingresos mediante instrumentos como el subsidio con trasferencias
de efectivo y de servicios, etc.
La reducción de la pobreza es uno de los
mayores retos de Latino América. Los países latinoamericanos requieren con
urgencia y angustiosamente un nuevo paradigma de desarrollo y de combate a la
pobreza mediante la formación de alianzas entre los sectores público y privado
en el que participen con más fondos las empresas que se han beneficiado de las
privatizaciones. Este nuevo paradigma debe permitir y medir incrementos en la
riqueza que no estén disasociados de las medidas de crecimiento monetario,
crecimiento de la población y deuda. Los sistemas y prácticas que fallan del
actual paradigma hegemónico, marcan el inicio de un cambio eventual a otro nuevo
paradigma.
Por supuesto que se puede determinar que
la pobreza puede incrementarse cuando hay crecimiento económico, porque hay
también incremento de la desigualdad, pero los efectos del crecimiento sobre la
reducción de la pobreza no serían sistemáticamente eliminados si se incrementan
los niveles de desigualdad. Varios estudios empíricos han encontrado una
correlación negativa significativa entre el crecimiento y la desigualdad del
ingreso y existen varias explicaciones de este impacto negativo en que cuando
hay crecimiento se incrementa la desigualdad del ingreso.
Una de estas explicaciones es la
realizada por Knell, (1999), quien ha investigado como los desarrollos
socioculturales interactúan con el crecimiento y la desigualdad del ingreso. Su
modelo prueba que un incremento en la preocupación general de la sociedad por
una posición relativa resulta en un decremento del crecimiento, un incremento
en la desigualdad decrece el crecimiento y un incremento en la preocupación por
una posición relativa agrava el impacto negativo de la desigualdad en el
crecimiento. Un incremento en la desigualdad del ingreso puede conducir a una
declinación en los ahorros agregados ( o a una inversión total en capital
humano) lo cual reduce las tasas de crecimiento a largo plazo. No obstante,
estaría por probarse la sistemática asociación entre crecimiento y cambios en
la desigualdad, porque hay muchos otros factores que influyen en el
crecimiento, la desigualdad y la pobreza.
La evidencia sugiere que la conexión
positiva entre el crecimiento y los ingresos de los pobres no han cambiado
mucho durante el período de la globalización, que anteriormente. El análisis
entre las variables pobreza y desigualdad
con el gasto social en Latinoamérica, muestran una correlación negativa
y una baja eficiencia de la gestión pública en el área social en las últimas
dos décadas, ya que se ha dado prioridad al equilibrio macroeconómico. Sin
embargo este gasto social en la región latinoamericana se elevó casi al 25%
durante la década, pero los retornos sobre las inversiones son muy bajas,
debido a factores diversos tales como la corrupción.
Aunque en Latinoamerica, la política
social del Estado de Bienestar nunca se profundizó en ningún país, el modelo
económico neoliberal la está desmantelando. Los programas de combate a la
pobreza en los países latinoamericanos ofrecen sólo un paliativo temporal por
medio de la instrumentación de redes de seguridad social, porque se centran en
las consecuencias y no atacan las verdaderas causas de la pobreza.
Algunos países latinoamericanos son
pioneros en programas de combate a la pobreza que incluyen componentes
adicionales de inversiones en capital humano a través de la educación y la
salud, pero debido a que no han sido adecuadamente institucionalizados estos
programas sólo proveen un alivio temporal, lo que termina siempre en un enfoque
reduccionista del problema que restringe las políticas. En Latinoamérica, el
gasto real per cápita en educación y
salud apenas alcanzó en 1995 los niveles de 1980, debido a que no hubo
incrementos del ingreso per cápita
(Ocampo, 1998: 34), situación que origina las iniquidades de la
sociedad. Al evaluar las estrategias de inversiones de capital humano, es
crucial considerar el portafolio completo de políticas conjuntas de
intervención, tomando siempre en consideración que los retornos a las
inversiones de capital humano son mayores para los jóvenes, por lo que en este
enfoque se abandona a los mayores de edad, como los ancianos.
La propuesta de Attanasio y Szélkeley
(1999a: 361) para el análisis dinámico de la pobreza consiste en abandonar el
enfoque al ingreso familiar y su distribución para enfocarse en el acceso que
tienen los pobres a la propiedad y uso de activos generadores de ingresos y su
acumulación que incluyen a activos físicos y financieros, capital humano y
capital social, los cuales son usados de modo productivo para levar el
ingreso. La posesión y uso de estos
activos en una forma productiva por los miembros del hogar contribuye a su
ingreso. Los investigadores presentan evidencias de que “el proceso de
formación de capital humano, y hasta cierto punto de su utilización, es
decisivo para el desarrollo de la América Latina y para la eliminación de la
pobreza”.
C. Participación y gobernabilidad democrática.
La participación democrática en los
países latinoamericanos es una exigencia para una gestión pública transparente.
El Estado de los países latinoamericanos
ha pasado por cambios profundos en sus funciones, en las últimas dos décadas,
hasta llegar a ser más pequeño y delgado, aunque se mantenga como la
expectativa de que sea más eficiente y efectivo. Las políticas económicas de
corte neoliberal y monetarista despoja a la política social de sus
connotaciones ideológicas y centra a la economía de mercado en la nueva
doctrina que alienta los procesos de globalización y cercena la soberanía de
los Estado-nación. La soberanía del Estado está siendo atacada externamente
desde los procesos de globalización económica y política, y desde el interior
por las disfuncionalidades económicas y políticas que resultan.
El aparato del Estado en muchos países en
desarrollo, principalmente los países Latinoamericanos continúa estando fuertemente
centralizado, permeado por tradiciones antidemocráticas y controlado por las
elites políticas, las cuales perpetúan las relaciones existentes de poder, así
como las desigualdades económico-sociales y regionales (Schönwalder, 1997). En
un ambiente de “clientelismo neopatrimonial” (Término usado por Jean-Francois
Bayart), son las elites políticas las que se benefician de la ineficiencia
económica.
La política social es un mecanismo
efectivo de clientelismo político del Estado corporativo, en donde los
organismos e instituciones encargadas de esta función, formulaban e
implementaban una política social que tampoco promovía la equidad ni la
eficiencia, pero que las atenuaba. En la mayoría de los países latinoamericanos
existe una desconexión entre la presupuestación, planeación de inversiones,
sistemas de procuración, aplicación de los recursos financieros y la evaluación
de los resultados, los cuales muestran todavía muchas limitaciones y
deficiencias.
Los esquemas tradicionales de elaboración
e implementación de las políticas públicas se deciden en los altos niveles
tecnocráticos de la conducción y dirección del Estado, sin considerar la
participación democrática de la ciudadanía para su legitimación en función del
desempeño más que meramente en los procesos electorales, para ejercitar sus
derechos de ciudadano, la fiscalización de la función pública y la
participación en el diseño de políticas y
programas de su comunidad. Brasil tiene un sistema electoral que
incentiva el voto personal, por ejemplo. La expansión de la participación
democrática y buen gobierno tiene que ser promovido por el establecimiento y
fortalecimiento de normas de reciprocidad en lo que Putman (1993a, 1993b, 1995)
denomina “redes de compromiso cívico, tales como las asociaciones de vecinos,
las sociedades de coros, cooperativas, clubes de deportes, partidos basados en
las masas.
Estas tecnocracias se caracterizan por
una falta de visión a largo plazo y por su apego a seguir las direcciones
hegemónicas del denominado “Consenso de Washington” que plantea como cuestiones
“intermésticas” las cuestiones económicas y de seguridad en sus relaciones con
los países latinoamericanos. Hasta hace poco, los intereses tradicionales de
los Estados Unidos en el continente se concebían en los términos de “seguridad
militar, solidaridad política y beneficio económico” según el análisis de
Lowenthal (1999). Sin embargo, señala el mismo autor “Cuando los países
latinoamericanos se alinean con los Estados Unidos es sobre todo porque tienen
intereses compartidos específicos y concretos, y no a partir del supuesto
general de la unidad panamericana o por una convergencia natural de intereses”.
Los gobiernos latinoamericanos están
siendo requeridos para aliviar los desajustes provocados por el mercado, para
profundizar los procesos de reestructuración económica y para legitimar la re
definición de las relaciones de propiedad, al mismo tiempo que sus capacidades
para hacerlo están muy disminuidas después de casi dos décadas de neoliberalismo
(Adelman, 1998). Los procesos transicionales a la democracia en muchos de los
países latinoamericanos, aislaron la política de la dinámica de los cambios
económicos, sociales y culturales. La democratización de la sociedad
latinoamericana se restableció donde se había eliminado como en Argentina,
Brasil y Guatemala, por ejemplo, y se ha profundizado donde ya existían
ciertasmanifestaciones democráticas como en los casos de Colombia, Costa Rica, México, República
Dominicana y Venezuela.
Cavarozzi (1992) analiza esta situación y concluye que "la
perspectiva teórica dominante durante la década de 1980 recibió la implantación
y la consolidación de las instituciones de la democracia política como un
proceso aislado a las modalidades de la transición y orientado, asimismo a
prevenir la emergencia del autoritarismo…En la actualidad, empero, el principal
desafío no es impedir las regresiones autoritarias, sino el de reconstruir una
nueva matriz de relaciones político-sociales y económicas que reemplace
aquéllas que agotó durante la última década y media". La ola
democratizadora en Latinoamérica coincide con grandes crisis económicas.
Sin embargo, las capacidades del Estado
se han reducido a tal grado que los militares están incrementando sus
actividades para proveer los servicios de emergencia que tampoco puede proveer
los programas asistenciales de la misma sociedad civil (Franko, 1996). Los
militares están tomando algunas de las responsabilidades tradicionales del
Estado, el cual se enfrenta al dilema fundamental de vencer la resistencia de las elites económicas para apoyar la
democracia participativa percibida como una amenaza para sus propios intereses.
Los militares han sido llamados o bien han voluntariado por sí mismos, no
solamente para controlar la violencia explosiva, sino también para proveer
algunos de los servicios asistenciales que el Estado ha dejado.
El reto principal es hacer que el estado
sea responsable ante la sociedad, los grupos sociales y la ciudadanía en
general. La sociedad estará de acuerdo con el gobierno que atiende a sus
necesidades, pero en desacuerdo y aún en rebeldía sino se satisfacen estas
necesidades sociales. Los procesos de globalización han restado fuerza al
Estado. Los costos políticos y sociales de la modernización del Estado pueden
revertir la hegemonía tecnocrática y neoliberal de los gobernantes, si como
dice Almeyra (1999), la conciencia política y civil de quienes sufren los
efectos de la aplicación de las políticas económicas regresivas, encuentran su
refugio en la base territorial de la democracia para buscar su autonomía y
promover acciones de autogestión, como
resultado de la fusión de una fuerte voluntad de acción política con un mínimo
de conciencia de los sujetos en la relación de las fuerzas locales e
internacionales.
6. EL DILEMA DE LA GOBERNABILIDAD EN LATINOAMERICA.
Para Latinoamérica, el crecimiento económico y el desarrollo social ha
alcanzado altos niveles de costos socio-políticos que han deteriorado la base
misma de la gobernabilidad social. Se tratará de analizar con un poco de más
detalle algunos de estos efectos que tienen una relación más estrecha con la
gobernabilidad.
La baja gobernabilidad en latinoamérica,
por ejemplo, tiene sus antecedentes en
las debilidades de las políticas económicas, sociales, culturales,
educativas, etc. y en las debilidades
de sus instituciones a pesar de que en el pasado existía una fuerte presencia
del estado en la creación de instituciones y de políticas públicas. Los déficits
de gobernabilidad están relacionados con la legitimidad del sistema político,
los cuales tuvieron su origen en las políticas económicas erróneamente
implementadas por las elites que hicieron el diseño organizacional para la
transición del Estado mexicano. México ha vivido populismos centrados más en
las expectativas de gobernantes iluminados que en propuestas concretas de
desarrollo nacional mediante un desarrollo institucional. El Estado mexicano ha
logrado mantener su legitimidad mediante una política de protección social
parcial y promesas futuras de mayores beneficios que favorezcan a los diversos
grupos sociales.
Barro (1999) ha demostrado que la
desigualdad retarda el crecimiento en los países pobres pero acelera el
crecimiento en los países ricos, por lo que existe muy poca relación entre la
desigualdad de los ingresos y las tasas de crecimiento e inversión. Sin
embargo, los mismos países ricos no garantizan un nivel de beneficios que
incremente el desarrollo humano a sus habitantes, excluyendo a grandes sectores
poblacionales, confirmando que la riqueza es la excepción a la pobreza como
regla. Estos resultados, por otro lado, justifican la implantación de políticas
que igualen los ingresos sobre la base
de una promoción de crecimiento de los países pobres. Por esto, se requiere
desarrollar una visión crítica del sistema económico internacional imperante,
el cual representa una hipoteca para el futuro de muchos pueblos y por lo
tanto, necesita cambiar.
El centro de este debate sobre la gobernabilidad
son los cuestionamientos al modelo económico que tiene como base el mercado,
implementado en las últimas dos décadas y a los desequilibrios sociales que ha
generado. El Estado interventor actúa como sustituto del mercado cuando éste es
incapaz de cumplir su función, como en el caso de los rescates bancarios en
Brasil, México y Venezuela. Así, privatiza las utilidades y socializa las
pérdidas.
Una buena calidad de la gobernabilidad
propicia el crecimiento económico y el desarrollo social sostenido. El
desarrollo económico es el paso de un determinado nivel de vida a otro más
alto, en el menor tiempo posible y al menor costo posible. Este desarrollo
económico debe estar acompañado de un desarrollo social, entendido en los
términos, no sólo de una mejor distribución del ingreso, sino también en “el
bien ser del hombre, que facilita la convivencia con sus semejantes, que lo
impulsa a la participación y a la ayuda mutua, que insiste en la vigencia de la
ley y la vida democrática, que le abre los horizontes de la educación y la
cultura, que favorece su acceso al tener, al saber y al poder, para ser más...”
(Servitje, 1999). En función de estos criterios, los resultados alcanzados por
Latino américa en los últimos veinte años plantean serios cuestionamientos a
las bases mismas de la gobernabilidad.
En términos generales, las políticas
económicas implementadas en la mayoría de los países latinoamericanos presentan
rasgos coincidentes aunque con algunas diferencias en el diseño de los
paquetes. Para el caso de México específicamente, un factor del riesgo político
consistentemente alto (calificado como "BB", grado de no inversión)
es "la calidad de la gobernabilidad" que abarca "la calidad de
las instituciones del sector público; la eficiencia de los servicios
gubernamentales y la capacidad del gobierno para establecer la estabilidad
macroeconómica. En un análisis de factores dinámicos, Melvin y Schlagenhauf
(1985) estimaron el índice de riesgo nacional mensual para México y concluyeron
que son determinantes las proporciones de las importaciones a las reservas y la
deuda a las exportaciones. En el riesgo nacional, la inestabilidad
sociopolítica es un importante componente.
Una investigación de Brunetti, Kisunko y Weder
(1998a) basada en una encuesta a gran escala realizada al sector privado de
América Central, que incluye a México, Costa Rica y Jamaica, que evalúa la
calidad institucional de los países y determina el impacto de los 15 obstáculos
para hacer negocios clasificados en seis categorías, arrojó los siguientes
resultados: el mayor obstáculo es el crimen y el robo, seguido por una
inadecuada oferta de infraestructura, inflación, corrupción y financiamiento.
El más bajo obstáculo es el terrorismo. En los términos de gobiernos que
imponen obstáculos para hacer negocios, la región ocupó del más bajo al más
alto, el lugar 18 en el mundo. El mismo nivel 18 de la mejor a la peor región en lo que se refiere a los obstáculos relacionados
con la regulación para empezar negocios. El lugar 19 en los obstáculos
relacionados con la inflación y el financiamiento, el 10 en obstáculos
relacionados con el comercio. El lugar 14 en los obstáculos relacionados con
las políticas de ingreso y gasto público. Igualmente el 14 en los obstáculos
relacionados con la incertidumbre y el 17 en los obstáculos relacionados con el
crimen.
En 1996,
las inversiones pública y privada en México se mantuvieron debajo de los
niveles de los años setenta y ochenta (Glen y Sumlinski, 1998). La mayoría de
los créditos gubernamentales con grado de no inversión (caso de México), se
caracterizan por debilidades en la gobernabilidad" (Standard & Poor's,
1997). Este estudio caracteriza como debilidades de la gobernabilidad: la
corrupción oficial y privada, el tráfico de influencias, la corrupción e
ineficiencia de los órganos judiciales, la influencia de los carteles de las
drogas, deficiencias en la seguridad interna bajo la forma de grupos
guerrilleros operando en áreas rurales y la violencia en las grandes ciudades.
Si se controla el desarrollo social
democrático y el crecimiento económico de los países latinoamericanos,
éstos no son significativamente más corruptos que los países más desarrollados.
Barro (1998) llega a afirmar que el paquete de préstamos del Fondo Monetario
Internacional a México en 1995, fue una recompensa a la corrupción de los
préstamos bancarios riesgosos. En general, mientras más presten los gobiernos
de otros países a los gobiernos latinoamericanos, más seguridad tienen los banqueros
de otros países de recobrar sus créditos.
Otra investigación (Brunetti, Kisunko y
Weder, 1998b) basada en una encuesta realizada a empresas privadas locales en
72 países, sobre las percepciones de los obstáculos institucionales,
particularmente la confiabilidad y la predictivilidad, son cruciales para el desarrollo económico.
Esta investigación captura los puntos de vista de los emprendedores locales
sobre la predictibilidad de los cambios en las leyes y políticas, en la
confiabilidad de la aplicación de la ley, el impacto de burocracias corruptas y
discresionarias y el peligro de revertir las políticas debido a los cambios en
los gobiernos. Para el caso específico del mundo, Latinoamérica y el Caribe,
los resultados en promedios de la encuesta muestran la inestabilidad política,
falta de seguridad de la propiedad y
problemas en la interfase entre los gobiernos y los negocios.
Los principales retos que enfrenta la
gobernabilidad de los países latinoamericanos ante los procesos de globalización
de la economía, están la reducción de la pobreza a través de nuevas estratagias
de crecimiento orientado, el incremento de la productividad y la competitividad
de las economías y el incremento sostenido de la tasa de ahorro e inversión
para consolidar la estabilidad macroeconómica. La pobreza en Latinoamérica es
un problema estructural causado por la forma en que opera el sistema económico
completo (Attanasio y Sélkely, 1999b), por lo que tiene que ser atacado
efectivamente con políticas que modifiquen el medio ambiente económico de tal
forma que permita a los individuos tomar ventaja de las oportunidades. El
enfoque en los mecanismos que generan desigualdad y pobreza y la construcción
de un marco de referencia ayudará a identificar los mecanismos estructurales.
La reducción de la pobreza tiene que
estar apoyada por programas de
educación y salud, y servicios sociales básicos Difícilmente los Estados
Latinoamericanos pueden resolver los crecientes problemas de la pobreza, porque
están enfrentando grandes reducciones presupuestales y recortes a sus
principales funciones de asistencia social. La reducción de la pobreza es un
punto focal en el diseño de las políticas públicas y el soporte financiero para
lograr el crecimiento económico y el desarrollo social de los pueblos
latinoamericanos, que ancestralmente ha sido una sociedad muy desigual, y lo es
más ahora que antes.
La movilidad social es una medida más
precisa de justicia social que la desigualdad social. La movilidad social es
medida por la forma en que los antecedentes familiares determinan el éxito
socioeconómico, pero en la práctica también puede ser medida por correlaciones
intergeneracionales y de hermanos (as). El debate sobre la justicia social en
los países en desarrollo, se ha centrado en la desigualdad y en políticas
destinadas a compensar a los perdedores. No se ha dado prominencia a la
movilidad social que se enfocaría al diseño y aplicación de políticas
destinadas a crear oportunidades.
Investigaciones empíricas (Dahan y
Gaviria, 2000) demuestran que existen diferencias sustanciales en la movilidad
social en Latinoamérica, la cual se incrementa con la escolaridad y el ingreso
per cápita, pero es levemente asociado con el gasto público en educación. En
una muestra de 16 países latinoamericanos, los investigadores encontraron que
la movilidad social tiene una correlación alta con los niveles de educación, en
la que los países con mayor escolaridad y menos desigualdad en escolaridad
permiten una mayor movilidad. Sin embargo, la movilidad social no está
correlacionada con los gastos públicos en educación como porcentaje del
producto interno bruto. También encontraron que la movilidad social en
Latinoamérica está levemente relacionada con el ingreso per cápita y que la
desigualdad está asociada fuertemente con la selección en los mercados
matrimoniales.
Con la venta de empresas estratégicas al
sector privado, los gobiernos latinoamericanos han destruido el activo de las
naciones, apostándose a la prosperidad que vendría de los procesos de
globalización. La gobernabilidad lograda en la primera etapa del gobierno
salinista en México por ejemplo, se fundamentó en el manejo notable de las expectativas y las realidades de una
política económica. Se pretendió legitimar el paradigma PRI-gobierno bajo un
pasivo consenso de "rendimientos". Con esto, se logró la
desactivación del descontento popular por la implementación del programa
económico neoliberal, para impulsar cambios más profundos en la democratización
política. La democratización política del Estado asegura la participación
ciudadana en la elección y control de sus representantes gubernamentales, una
mayor transparencia administrativa y mayor proximidad entre la ciudadanía y el
gobierno. Se puede afirmar que a pesar de la falta de legitimidad del régimen,
no se han presentado cambios profundos en el sistema político, ni tampoco
manifestaciones de desobediencia social.
En la actualidad, la forma en que se
visualiza en los Estados-nación latinoamericanos la implantación de la
gobernabilidad, se reduce a lograr la normalidad política, la cual según Camou
(1995)es la preocupación por subordinar la democracia electoral a la
gobernabilidad del sistema y no necesariamente la democracia tal y como se
expresa en la Constituciones Políticas. La Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, que la define
"no sólo como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un
sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y
cultural del pueblo" La democracia electoral no solamente tiene como
condiciones suficientes elecciones libres y justas, pero los procesos
electorales tienden a ser más libres y justos sólo cuando es la culminación de
un proceso democrático continuado y no cuando se le subordina.
La
provisión de bienestar social y otros bienes colectivos esenciales a una
democracia estable requiere de actores estatales e instituciones que forjen
ligas cercanas con los actores privados, cuya cooperación es esencial para la implementación de políticas de
estabilización y restauración del crecimiento. Estas conexiones privilegiadas
entre los actores del Estado y los privados corresponden a una estrategia no
partidista. Por ejemplo, los problemas de la falta de alimentos en tiempos de
hambruna tienen una mayor influencia en la estabilidad y crisis de la política
económica estatal y regional, de acuerdo con los trabajos del reciente premio
Nobel, Amartya Sen.
Este autor argumenta que las
hambrunas están inextricablemente
ligadas a las estructuras sociales de la economía doméstica y centradas en
temas como la titularidad, pobreza y distribución de la riqueza (May, 1997).
Entre las consecuencias de estos fenómenos es previsible en el futuro, la falta
de seguridad alimentaria y un significativo entorpecimiento de la
infraestructura, incrementando los riesgos de conflictos. La relación existente las variables cultura y
pobreza es más complicada que la simple causalidad y resulta más importante
estudiar el análisis cualitativo que el cuantitativo de la cultura para poder
determinar el posible impacto en la pobreza.
Pero una teoría y una política que niega
la importancia de un sentido de identidad comunitaria puede ser
contraproducente para la tolerancia de las diferencias entre sus diversos miembros.
En este sentido, concluye Parker (1998) el Estado-nación no es un modelo de
promoción de la emancipación humana. Sin embargo, el objetivo de establecer una
sociedad sin grandes negocios y sin grandes gobiernos ha sido olvidado por una
política económica y social que se desarrolló desviándose hacia un control de
una elite que comanda desde lo más alto de la pirámide económica y que controla
diferencialmente el acceso a los recursos basados en el conocimiento. No puede
limitarse a la acción única del mercado la distribución de activos basados en
el conocimiento. El riesgo que se corre ha sido ya señalado por la Comisión
para América Latina y el Caribe (Cepal): “Un mundo futuro dividido entre
informatizados y no informatizados será tal vez más contrastante que la
división que estamos superando entre alfabetizados y analfabetos. Reproduciría
brechas tanto en las capacidades productivas como en la posibilidad del
ejercicio de la ciudadanía”. Así pues, resulta obvio que los ciudadanos que
integran la nueva sociedad del conocimiento en Latinoamérica deben estar
vinculados entre sí y con las diferentes formas de interpretación de la
realidad que desean controlar.
Sin embargo, la gobernabilidad, y por lo
tanto, la legitimidad de un gobierno tiene que fundamentarse más en el consenso
que la brinde la ciudadanía y menos en la capacidad para resolver problemas. De
lo que no puede prescindir un gobierno es no contar con el consenso de la
sociedad (Córdova, 1998). Parte del problema de legitimidad del Estado se deben
a los problemas que han resultado de las crisis económicas que ha dificultado
satisfacer las altas expectativas por los servicios públicos de la gente.
Así, tanto el Estado como el mercado han
funcionado dentro de las relaciones del poder conduciendo a la promoción de los
intereses de corto plazo de grupos privados consolidados tanto nacionales como
de los inversionistas extranjeros, más que aquéllos de la sociedad como un
todo. Mientras que puede ser difícil algunas veces privatizar las principales
funciones del gobierno, sin embargo, aquéllas relaciones informales que existen
“afuera” o “entre” las instituciones del gobierno público pueden ser más
fácilmente cambiadas (Todd, 1998). Más todavía, en el caso del sector privado,
el desarrollo de eventos mundiales están modificando los procesos de toma de
decisiones de los gobiernos, con algunas
funciones que están siendo descentralizadas a los gobiernos sub-nacionales
(Dunning, 1997)
La misma idea de integrar los movimientos
populares en alianzas políticas orientadas por la izquierda, señala la importancia particular de los partidos
políticos para servir de conexión entre el sistema político y otros movimientos
sociales populares que operan al nivel de sociedad civil. La mayor parte de los
movimientos populares latinoamericanos encuentran apoyo ideológico y político a
sus demandas en los partidos de izquierda, a pesar de que estos no han podido
reponerse y menos fortalecerse, después de las transformaciones profundas que
sufrieran durante la década de los ochenta en Latinoamérica. Partidos y
movimientos de izquierda se desplazan ideológicamente hacia el centro como en
el caso de Argentina, Chile y México. La fragmentación de partidos políticos
con fuertes polarizaciones ideológicas y disciplinas débiles, constituye un
problema serio para lograr consensos de gobernabilidad en Latinoamérica, como
en los casos de Brasil, Bolivia, Ecuador, México y Perú.
Pero ante el descrédito de las políticas
de ajuste estructural implantadas, la izquierda Latinoamericana empieza a
recobrar posiciones y está en posibilidades de ser capaz de crear nuevos
mecanismos para la participación popular y tolerar e incluso impulsar un papel
más fuerte e independiente para los movimientos populares (Schönwälder, 1997:
762).
Conclusiones.
La paradoja es que contrariamente a los
principios del neoliberalismo que postulan el libre mercado, la democracia y la
libertad individual, las reformas del Estado Latinoamericano han sido
implementadas bajo prácticas de gobiernos autoritarios y bajo acciones
intervencionistas, que han acentuado prácticas del presidencialismo,
clientelismo, corporatismo y populismo, como el caso de México con el
autoritario Salinas, Chile con el dictador Pinochet, la democracia delegativa
de Fujimori en Perú y Menem en Argentina. La democracia delegativa es una forma
perversa de ejercicio de la gobernabilidad democrática, resultada de las
iniquidades existentes. Actualmente en los Estados Latinoamericanos brotan
tendencias hacia un sistema de gestión pública caracterizada por un pragmatismo
oligárquico que personaliza el poder, como el caso de Fujimori en Chile. Sin
embargo, el resurgimiento del populismo es otra posibilidad presente en Latinoamérica,
como el reciente caso de Venezuela.
Los procesos de liberalización económica
no traen los beneficios esperados en crecimiento económico, distribución de la
riqueza, abatimiento de la pobreza, mientras que el avance en los procesos de
democratización es lento. En vez de ello, los resultados se muestran en las
tensiones y conflictos sociales y políticos con serias implicaciones para la
gobernabilidad. Por otro lado, los Estados Latinoamericanos están perdiendo
efectividad y eficacia en la resolución de los conflictos, porque disponen de
menos recursos, medios insuficientes e inadecuados, reducción de su autonomía
para la formulación e implementación de políticas. Mientras, también la
democracia está desilusionando a muchos latinoamericanos.
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